Hay guerras y guerras. Las hay visibles, como la derivada de la invasión de Rusia a Ucrania, donde la muerte y la destrucción son palpables y perceptibles a simple vista. Y aun así, como por ejemplo en el caso de Gaza, hay ocasiones en las que se consigue sembrar la duda sobre unos hechos objetivos claros.
Si en casos en que la muerte y la destrucción son tan evidentes se logra, aun así, confundir sobre la realidad, todavía nos resultará más complicado identificar una guerra en la que los disparos no suenan como disparos, las armas no tienen forma de armas, la sangre no llega a derramarse y los abatidos siguen entre nosotros.
Y es que estamos en la era de la posverdad, donde nada es lo que parece, sino lo que alguien quiere que parezca. Los hechos objetivos no importan.
En esta época, en España se ha creado un espacio idóneo para desarrollar una guerra adaptada a las características de una sociedad democrática, progresista y civilizada y, a lo mejor, demasiado reacia a reconocer que quizá nunca hemos salido de cierto conflicto interno entre bandos.
En este escenario, cualquier elemento se convierte en munición para disparar contra el adversario político a través de las nuevas armas de desinformación masiva: los medios de comunicación y las redes sociales. Y, como siempre, los civiles en medio; sufriendo las consecuencias de este fuego cruzado. Muchos ciudadanos se ven arrastrados a una de las dos trincheras, víctimas también, luchando en una guerra que no es la suya aunque parezca que sí, pues el campo de batalla es el propio país o, mejor dicho, el espacio digital en el que habitan.
Un episodio claro de esta dinámica bélica ha sido el caso del Fiscal General del Estado, el cual podría calificarse como una auténtica “guerra relámpago”.
En un contexto de caos y confusión moral generalizada, siempre hay quien trata de beneficiarse. Eso es lo que, presuntamente, hizo González Amador tratando de eludir las obligaciones fiscales de su compañía por los beneficios obtenidos del negocio de las mascarillas durante los ejercicios 2020 y 2021. La Agencia Tributaria descubrió esas irregularidades fiscales y, al detectar indicios de delito, lo trasladó a Fiscalía, iniciándose un procedimiento penal como tantos otros.
Hasta aquí, todo “normal”. Sin embargo, en algún momento alguien vio en ese proceso una oportunidad estratégica: la relación del investigado con una figura política relevante. Esto convirtió un asunto técnico en munición política, disparando al bando contrario a través de la publicación de una primera noticia relacionada con el posible fraude fiscal del novio de la Sra. Ayuso. ¿Información o instrumentalización del proceso penal para convertirlo en munición política?
La contraofensiva no tardó, y como suele pasar, llegó con más fuerza y valiéndose del medio más idóneo —que no el más moral— para causar el mayor daño posible. Y es que, en la guerra, todo vale, ¿no? Pues eso. Se devolvió la ofensiva mediante la publicación de una mentira, un engaño, que causó no solamente un perjuicio directo, sino que actuó como un auténtico caballo de Troya diseñado para provocar un error en el adversario. Y, al parecer, lo consiguió.
Este episodio, de momento, se ha llevado por delante al Fiscal General del Estado, pero lo más grave no son los daños directos de cada bando, sino las consecuencias jurídicas y constitucionales que nos afectan a nosotros, a la ciudadanía:
- Se vulnera nuestro Derecho Fundamental a recibir información veraz mediante la utilización de los medios de comunicación como armas políticas a través de la difusión de informaciones manipuladas o, directamente, falsas.
- Se desvía el foco del ejercicio de la función pública —del servicio al interés general y el sometimiento pleno a la Ley y al Derecho— hacia una actuación política orientada a generar material útil para confrontar al adversario.
- Se degrada la democracia, agrietando las paredes que preservan el modelo de Estado en el que vivimos. Hasta ahora, contábamos con una sólida “fachada” democrática en la que lucían unos principios claros, pese a que en el interior del edificio las cosas fueran distintas. Actualmente, esa fachada presenta cada vez más fisuras. Eso no solo pone en riesgo la estabilidad del sistema, sino que, aunque deja ver mejor lo que ocurre en su interior, debido a la era en la que vivimos, nos resulta muy difícil distinguir la realidad de la manipulación.
Este nuevo capítulo, acaecido dentro de una dinámica prolongada de confrontación política que se vale del Derecho para crear instrumentos de combate, no hace más que acrecentar una duda: ¿hasta qué punto podrá resistir el sistema?
“Duelo a garrotazos”, Francisco de Goya 1820 – 1823.
Añadir comentario
Comentarios